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Los derechos humanos de la mujer y su construcción a través de la historia contemporánea

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hace 105 dias


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Por: Karla Patricia Rivero González.(1)


Los derechos humanos han cambiado a través de la historia para incluir a más actores sociales como sujetos de derechos, entre ellos a las mujeres, quienes fueron y siguen siendo excluidas del pleno ejercicio y disfrute de sus derechos fundamentales en todo el mundo. Precisamente sobre este tema trata el presente ensayo. Se intentará argumentar en las siguientes líneas la evolución de los derechos humanos de las mujeres, del cómo y cuándo se incorporaron al “discurso” de los derechos humanos y qué tan efectivo ha sido el tránsito de discurso a institución formal dentro de la estructura estatal.

 

Para dar cumplimiento a lo anterior, este ensayo se divide en cuatro apartados: a) descripción de los diferentes momentos históricos y documentos relevantes en los que se aprecia el reconocimiento internacional de los derechos humanos de las mujeres; b)  situación actual de las mujeres a partir del reconocimiento estatal como sujetos de derechos; c) Retos de las mujeres como sujetos de derechos humanos; y d) reflexiones finales.

 

El acta de nacimiento de los derechos humanos, como discurso oficial y con reconocimiento internacional, surge a mitad del siglo pasado con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, tal como lo sostiene Nazario González (2002), ya “existía la cosa, pero no el discurso de la cosa”, es decir, antes de las grandes declaraciones sobre derechos humanos del siglo XVIII y las que les siguieron, ya había movilizaciones en torno a ellos. Antes de la mencionada Declaración, existieron varios documentos que manifestaban valores ligados a la esencia de los derechos humanos: fraternidad, libertad, igualdad, etc.; aun y cuando, también incluían antivalores que menospreciaban la dignidad de las personas, entre ellos, de las mujeres.

 

Reconocimiento de las mujeres como sujetos de derechos humanos a través de la historia.

 

Siglos enteros de civilización y las mujeres no eran admitidas como sujetos de derechos, apenas en el siglo XIX fue reconocido, aunque de manera intermitente, su derecho a la educación; en el siglo XX se reconoció después de un intenso movimiento a favor del sufragio, su derecho a elegir y ser electas (2), además se incorporan masivamente al ámbito laboral; y en pleno siglo XXI siguen luchando para lograr el pleno ejercicio y disfrute de sus derechos fundamentales. Esta “reciente” inclusión al “sistema de derecho vigente” se debe a la lucha de la mujer misma, “…de la mujer sufriente que toma conciencia de ser una sujeto sin derechos” (Dussel, 2001), que reclama desde la opresión el reconocimiento de un “nuevo” derecho que se suma a la lista de derechos de quienes, desde la conciencia de su exclusión del sistema que los gobierna, exigen que su derecho sea derecho positivo, derecho vigente.

 

Para comprender adecuadamente el proceso de inclusión de las mujeres como sujetos de derechos es importante distinguir, entre la emergencia de los “derechos humanos modernos” y los “derechos humanos contemporáneos”, porque en el quiebre entre una y otra etapa, se observa la disrupción de movimientos sociales encabezados por mujeres que cuestionaban la concepción de los derechos humanos modernos cuyo fundamento descansaba, entre otras ideas, en una supuesta universalidad humana “…basada en una idea de individuo universal que niega la diversidad cultural y de género porque se refiere en realidad a un hombre con características muy específicas: blanco, joven, con propiedades y europeo”. De este tipo de sujeto de derechos quedaban fuera las mujeres, las/os niñas/os, las personas adultas mayores, las minorías raciales y étnicas, los gays y demás personas que no cumplieran con dicho estándar. 

 

Y fue precisamente el estado de opresión y negación de libertades que generaba – paradójicamente – la vigencia de los derechos modernos, que surgieron los derechos contemporáneos, cuyas diferencias respecto a los primeros derechos, radicaba en el reconocimiento de la diversidad de los pueblos, la creciente inclusión de sujetos de derechos humanos (mujeres, migrantes, indígenas, refugiados, LGBTTTI, niñas/os) y la proliferación de denuncias por violaciones a los derechos humanos. Todo ello lo que hizo fue cuestionar fuertemente la universalidad del sujeto de derechos humanos, el cual no sólo era hombre, joven, heterosexual, cristiano y blanco, sino inclusive todo lo contrario.

 

En esta transición de derechos modernos a contemporáneos, específicamente en el caso de las mujeres, se abrieron ventanas de oportunidad que favorecieron las condiciones para el éxito del movimiento feminista en el reconocimiento de las mujeres como sujetos de derechos. Por ejemplo, el progreso tecnológico en materia de comunicación facilitó que las personas se interconectaran y conocieran sus luchas comunes, haciendo posible el aumento de la fuerza del movimiento a través de manifestaciones en diferentes partes del mundo. Otros dos momentos de oportunidad fueron, en primer lugar, la identificación del movimiento feminista con otros movimientos sociales, como el iniciado en EUA a finales del siglo XIX por los derechos civiles de personas de raza negra (González, 2002). Aun cuando no prosperaron al mismo tiempo, uno le dio impulso al otro. En segundo lugar, la ampliación de una base político-electoral que permitirá a ciertas élites mantenerse en el poder como en el caso de Australia o Noruega (González, 2002). Las mujeres representaban en varios casos, la mitad de la población, lo que significaba el peso suficiente inclinar la balanza de un lado a otro en procesos electorales.

 

Normatividad y reuniones internacionales en materia de derechos humanos de las mujeres

 

Los primeros documentos que colocaban a la mujer como potencial sujeto de derechos, se escribieron en Europa (González, 2002). En Francia la activista Olympe de Gouges elaboró una declaración llamada la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en 1791, en donde denunciaba la opresión causada por la tiranía masculina. Un año después en Inglaterra, en 1972, Mary Wollstonecraft escribió el documento Los Derechos de la Mujer, que proponía que las mujeres accedieran a la educación y desapareciera la subordinación a los hombres. Ambos documentos son antecedentes para el reconocimiento de los derechos de las mujeres en Europa y posteriormente en América Latina. 

 

Según la Guía de Estudio de la Materia Construcción Internacional de los Derechos Humanos, en cuanto al activismo político se refiere, en 1848, mujeres activistas organizaron en Estados Unidos la conferencia internacional sobre derechos de las mujeres de la cual surgió la Declaración de las Cataratas de Séneca  que establecía la igualdad entre mujeres y hombres. No obstante la intensa movilización nacional e internacional a favor de los derechos humanos de las mujeres, no se logró concretar ningún acuerdo internacional vinculante durante buena parte del siglo XX. 

 

No fue sino hasta después de la Segunda Guerra Mundial que, el discurso de los derechos humanos toma forma y adquiere fuerza moral entre las naciones que exigían un acuerdo internacional que evitará la repetición de ese hecho tan atroz para los seres humanos. Así es como nace la Carta la Organización de las Naciones Unidas (Carta de la ONU), cuyo preámbulo y artículo 1, señalan la determinación de la Naciones Unidas en reafirmar  la fe en los derechos iguales entre hombres y mujeres, y el respeto por los derechos humanos sin distinción de raza, sexo, idioma o religión, respectivamente. Tres décadas más tarde, en el seno de la ONU, se adoptó en 1979 la Convención sobre la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer, un importante documento al que se adhirió el Estado mexicano obligándose a observar su contenido a favor de mujeres y hombres. Es hasta la década de los noventa que los organismos de la ONU muestran un mayor activismo en cuanto a mecanismos especiales se refiere, por ejemplo en 1994 se estableció una relatoría especial sobre la atención de la violencia hacia la mujer.

 

Además en 1993, se celebró en Viena, Austria, la II Conferencia Mundial de Derechos Humanos, cuya Declaración y el Plan de Acción pusieron énfasis especial en la situación de vulnerabilidad de grupos particulares – mujeres, niños, minorías nacionales y religiosa, pueblos indígenas, discapacitados, trabajadores migrantes y refugiados – y se enfatizaba que la violencia sexual había sido ignorada en los documentos de derechos humanos de la ONU y que tocaba a los gobiernos legislar y tomar medidas para proteger a las mujeres de la violencia sexual y castigar a los perpetradores. 

 

En el encuentro de Viena, la comunidad internacional reafirmó también el carácter universal de los derechos humanos; aunque haciendo una concesión a las posiciones de corte relativista de algunas naciones, al mencionar de manera explícita la necesidad de tomar en cuenta las particularidades históricas, culturales y religiosas de cada pueblo. Esto muestra la manera en que el concepto contemporáneo de derechos humanos continúa siendo cuestionado y redefinido mediante la interacción entre distintos sujetos, en este caso culturas aun en momentos históricos de una aparente menor conflictividad.

 

Este persistente conflicto entre las posiciones universalista y relativista no ha permitido que al día de hoy todas las mujeres en todo el mundo gocen de los derechos humanos que se han reconocidos en el derecho interno de los países de occidente. Por ejemplo en gran parte de los países de medio oriente, siguen encontrándose casos de mujeres y niñas que sufren de leyes que restringen su libertad de decisión, como elegir a su esposo, o el limitado acceso a la educación. A continuación se hará un análisis de los resultados que en la actualidad existen en torno al real ejercicio de los derechos humanos de las mujeres como sujetos de derecho.  


Situación actual de las mujeres a partir del reconocimiento estatal como sujetos de derechos.

 

Es indudable la protección de los derechos humanos de las mujeres en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, DIDH. A partir de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, DUDH, la ONU ha sido el garante del seguimiento y cumplimiento de los principios expuestos en dicha Declaración, creando para ello una diversidad de organismos internacionales que han venido creciendo en número y facultades (González, 2002). Empero lo anterior, no todo ha sido “miel sobre hojuelas”, porque la misma historia de los derechos humanos ha registrado la reserva y resistencia de varios países al cumplimiento de los principios contenidos en varios documentos que integran el DIDH. Por ejemplo, las principales discusiones que prevalecieron en la formulación de la DUDH y que aún continúan afectando el respeto y garantía de los derechos humanos por parte de los Estados, fueron y son: la fuerza vinculante del DIDH y el sometimiento de los Estados a la jurisdicción de los organismos creados ex profeso para su cumplimiento, la prevalencia de los derechos civiles y políticos sobre los económicos y sociales, y el protagonismo o no del Estado en torno al otorgamiento y cumplimiento de los derechos (González, 2002). 

 

Respecto al primer punto, lo ilustra bastante bien el caso de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y su férrea resistencia a aceptar el contenido vinculante de la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en lo que al sistema mexicano de impartición de justicia se refiere, basta ver el caso Rosendo Radilla Pacheco vs Estados Unidos Mexicanos. En el segundo punto, aún controvertido sobre la prioridad de los DCP sobre los DESC, los Estados condicionan la satisfacción de los segundos de acuerdo a la organización y recursos materiales disponibles, lo que genera suspicacia sobre el verdadero compromiso para observarlos. Respecto al tercer punto controversial, ya no hay vuelta de hoja, porque de acuerdo al DIDH, los Estados tienen obligaciones muy específicas que deben observar para no incurrir en violaciones de derechos humanos, por lo que el protagonismo estatal es inevitable.

 

Se ha hecho referencia a lo anterior, porque se considera que en la actualidad, dichas controversias añejas representan obstáculos a vencer para un real ejercicio de los derechos humanos de las mujeres en México, desde la resistencia del Estado para acatar las sentencias de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos en materia de derechos humanos de las mujeres, hasta el cumplimiento de las obligaciones estatales previstas por el DIDH y el derecho interno de fuente internacional. Aunado a lo ya dicho, también se cuestiona la real capacidad de la mujer como sujeto de derechos, es decir, hasta dónde realmente la mujer puede considerarse un sujeto activo de derechos, ¿conocen sus derechos? ¿Conocen los mecanismos de exigibilidad en caso de violación? ¿La normatividad realmente empodera a las mujeres o continúan reforzando su discriminación? ¿Se les pregunta a las mujeres sobre su condición y mejores formas para atenderla?

 

Las mujeres enfrentan dificultades en el acceso a sus derechos debido a que en la construcción de los mismos existe una predisposición genérica a favor de los hombres; por ejemplo, la distribución inequitativa de las responsabilidades familiares fomentada desde la norma y el diseño de políticas públicas – permisos de paternidad limitados –, promueve que las mujeres no puedan acceder a sus derechos laborales en términos iguales. Esta es una normatividad que de manera velada refuerza la discriminación hacia la mujer.

 

Derivado de la anterior reflexión, parece necesario trabajar más en la construcción de los derechos de las mujeres a partir de la perspectiva de los movimientos sociales, orientado a la persona y a las necesidades que ésta tiene en un contexto particular; es decir, que sin perder de vista la universalidad de los derechos humanos que permite abrir el “gran paraguas” bajo el que se resguardan los derechos humanos de las mujeres en todo el mundo, es menester mirar con lupa las condiciones sobre las que se ejercen dichos derechos y conocer cómo la opresión se vive desde un contexto social específico y sobre todo dinámico (Nyamu-Musembi, 2005). Hay que preguntarles directamente a ellas.

 

Esto es así porque toda concepción de derechos humanos debe reflejar los intereses e inquietudes que los mismos sujetos de derechos han manifestado a través del tiempo y en distintos espacios; obviamente no son las mismas condiciones sociales y políticas de las mujeres de México del siglo XIX a las que viven las mujeres mexicanas en pleno siglo XIX (3). Desde esta óptica y en términos dusselianos, la incorporación de “nuevos” derechos a la lista de derechos humanos, depende de la conciencia que de ello haga el sujeto “sin derechos” y con ello inicie la exigencia formal de su reconocimiento dentro del sistema legal vigente (Dussel, 2001). Para ilustrar esta aseveración, cito el caso específico de la licencia de paternidad, que ha sido una medida aplaudida y reconocida como política pública con perspectiva de género, sin embargo al analizarla bajo el principio de no discriminación, se observa que detrás de esta idea superficial, se mantiene la desigualdad entre mujeres y hombres.  Otro ejemplo sería el derecho a la libre determinación sobre el propio cuerpo, permitiendo que la mujer pueda ejercer su derecho reproductivo sin posibilidades de ser criminalizada por interrumpir un embarazo, como lo prevé actualmente  la normatividad penal en casi todo el país. En ambos ejemplos, hay dos normas que no cumplen las expectativas de las mujeres como sujetos de derechos, perdiendo toda legitimidad por la violación que se hace de sus derechos fundamentales, como el derecho a la igualdad. Y es que en estos casos podría argumentarse que el Estado ante la inobservancia de la norma puede coaccionar a su cumplimiento, incurriendo en violencia hacia la mujer, por carecer, la norma, de legitimidad (Dussel, 2001). Ante ello más interrogantes, ¿Entonces para quién se legisla cuando se hace a favor de las mujeres, para el beneficio de la sociedad o para el de las propias mujeres? Porque si se hace para cumplir con las expectativas de actores distintos a las ellas, la opresión femenina continuará. Finalmente y parafraseando a Nyamu-Musembi, (2005), si se legisla para ellas, se hará en consecuencia para la misma comunidad en donde se encuentren inmersas.

 

De ahí la importancia de contextualizar los derechos de las mujeres de acuerdo a las normas y políticas públicas que se aplican a su favor, para identificar aquellos recovecos de la ley o de las decisiones estatales, que no toman en cuenta la realidad de dichas mujeres como sujetos de derecho, lo cual parece ser una de las piezas faltantes en el pleno ejercicio de los derechos fundamentales de las mujeres que ven afectada su vida, paradójicamente, por los mismos derechos o por la falta de ellos. Llegado este punto, vale la pena hacer una observación: en un ánimo de evitar la trampa legal y política en la incorporación de “nuevos” derechos al sistema de derecho vigente, aceptando casi en automático su pertinencia, es relevante señalar que este proceso no se debe hacer modificando superficialmente la ley, a fin de dotar de visibilidad a los “sin derecho”; sino que es imprescindible hacer reformas estructurales y centrar la atención en las causas subyacentes a la “negatividad material” del individuo que motiva al “sin derechos” a tener derechos reconocidos, porque de lo contrario, los derechos humanos en su forma preinstitucionalizada y “a-legal” dejarían de existir para cuestionar las relaciones y estructuras de poder que producen violaciones a derechos humanos (Stammers, 2007).

 

Retos de las mujeres como sujetos de derechos humanos. Las mujeres como sujetos activos de derechos humanos pueden ver amenazados el reconocimiento o acceso de los “nuevos” derechos que exigen en la actualidad, por los siguientes factores, entre ellos, el sistema económico imperante en el mundo, la indiferencia del Estado y demás actores políticos, predominio de la visión liberal de los derechos humanos y el riesgo latente de priorizar la seguridad nacional sobre los derechos humanos. 

 

Sistema económico. En primer término, la expansión de la globalización económica y los ajustes al modelo neoliberal, ha provocado masivas violaciones a los derechos económicos y sociales, y de forma indirecta a derechos ambientales. La primera década del siglo XXI, parece que el libre mercado se ha configurado como una ascendente para los derechos humanos que se encuentran en declive tanto de oportunidades como de capacidades (Gómez, 2006-2007). 

 

Indiferencia del Estado y demás actores políticos antes la exigencia de “nuevos derechos”. Aún y cuando el Estado tiene obligaciones internacionales que observar y principios de DIDH que aplicar en la impartición de justicia, es un esfuerzo titánico para los “sin derecho” lograr que a través de su movilización y litigio estratégico consigan introducir sus exigencias en el sistema de derecho vigente. Por ello la importancia de continuar con la presión internacional o incluso presión interna al Estado, a fin de lograr que el respeto a los Derechos Humanos sea una práctica habitual de los gobiernos (Anaya 2008), más que graciosas o cosméticas concesiones. Por ello, aunque suene utópico es relevante hacer todo lo posible para que los actores políticos puedan tener una honesta y seria “pretensión política de justicia” (Dussel, 2001). 

 

Predominio de la visión liberal de los derechos humanos.  La construcción del discurso contemporáneo de derechos humanos en México es producto del cruzamiento de dos discursos: la transición a la democracia y la teología de la liberación, dando origen a un discurso híbrido de derechos humanos que buscaba la integralidad de los derechos humanos, pero que fue volviéndose liberal en la medida en que la izquierda social se sumaba a la lucha por la transición a la democracia, con acentuado interés por los procesos electorales. Se perdió el rumbo (Estévez, 2007). Si volvemos a la visión liberal, retrocedemos en el tiempo, reviviendo un modelo universal de sujeto de derechos que limita la incorporación de otros sujetos de derechos.

 

Seguridad nacional vs derechos humanos. A partir del ataque a las torres gemelas del 11 de septiembre de 2001, las discusiones que parecían rebasadas – como el derecho a la vida y a la integridad física – hoy nuevamente se activan. La prioridad en las agendas gubernamentales es la seguridad nacional, no propiamente la seguridad ciudadana (Gómez, 2006-2007). Incluso en el seno de organismos internacionales como el Consejo de Seguridad de la ONU, la principal preocupación no son los derechos humanos, sino la seguridad, el poder y los intereses nacionales de sus miembros (Malone, 2007). 

 

Reflexiones finales. La losa de los estereotipos, la falta de libertad, la negación de la igualdad de oportunidades, la exclusión de la vida política, la falta de acceso a la educación, la exposición a la violencia social y familiar, y un largo etcétera, a lo largo de la historia de la humanidad, han sido variables constantes que gravitan sobre las vida de las mujeres. En muchos casos, estas agresiones o discriminaciones se han desarrollado bajo el amparo de leyes vigentes, y casi siempre bajo la justificación de las "costumbres sociales", alentadas por las distintas sociedades patriarcales. En diferentes momentos de la historia, el papel subordinado de la mujer no se ha puesto en duda durante siglos; lo que ahora es considerado como un atentado contra los derechos de las mujeres, históricamente, no han sido tales: no se podía vulnerar el derecho de alguien que, precisamente por el hecho de ser mujer, "no tenía derechos". Ahora la historia ha cambiado. La actualidad nos demuestra que los derechos humanos llegaron en su momento preciso, alimentados por una carga milenaria de aspiraciones entrecortadas pero a la vez universales (González, 2002).

 

(1)  Enlace  del  Colectivo  Kybernus  Quintana  Roo  Sur.  Maestra en Derechos Humanos y Democracia por FLACSO México. Instructora en materia de género e igualdad.

 

 (2) De acuerdo con Nazario González (2002), el movimiento sufragista es considerado un eslabón más en la historia de la formación de los Derechos Humanos. En 1893 se les concede el derecho al voto a las mujeres en Nueva Zelanda, 1902 en Australia, 1913 en Noruega, 1917 en la Unión Soviética, 1918 en Inglaterra, 1920 en Estado Unidos, 1953 en México.

 

(3)  Considerando a las “mujeres” como un grupo plural y heterogéneo, donde hay mujeres de todas las edades, de diferentes razas, con situaciones económicas distintas, entre otras diferencias.

 

Bibliografía

 

Anaya Muñoz, Alejandro (2008), “Redes transnacionales de defensa y promoción de los derechos humanos y el cambio en la política exterior de México en la materia” en: Paulino Arellanes Jiménez (ed.), Escenarios, actores y conflictos internacionales. México, Editorial Patria, pp. 161-181.

 

Dussel, Enrique (2001), Hacia una filosofía política crítica, España: Declee de Brouwer, pp. 145157.

 

Estévez, Ariadna (2007), “Transición a la democracia y derechos humanos en México: la pérdida de integralidad en el discurso” en: Revista Andamios, No. 6, Dossier de Derechos Humanos, Junio 2007, México, UACM, pp. 7-32.

 

Gómez, José María (2006-2007), “Los derechos humanos y la política mundial post-11 de septiembre de 2001. Paradojas, dilemas y desafíos”, Studia Politicae, No. 10, primavera/verano, pp. 7-22.

 

González, Nazario (2002), Los derechos humanos en la historia, México, Alfaomega-Universidad de Barcelona, pp. 29-46, 153-186, 205-235.

 

Malone, David M. (2007), “Los derechos humanos y el Consejo de Seguridad después de la Guerra Fría” en: Covarrubias Velasco, Ana y Daniel Ortega Nieto (coords.), La protección internacional de los derechos humanos: un reto en el siglo XXI, México, El Colegio de México, pp. 87-107.

 

Nyamu-Musembi, Celestine (2005), “Hacia una perspectiva de los derechos humanos orientada a los actores” en: Caber, Naila (ed.), Ciudadanía incluyente: significados y expresiones, México, PUEG-UNAM, pp. 37-56

 

Stammers, Neil (2007). “La aparición de los derechos humanos en el Norte: hacia una revaloración histórica” en: Caber, Naila (ed.), Ciudadanía incluyente: significados y expresiones, México, PUEG-UNAM, pp. 57-74.

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